sábado, 5 de noviembre de 2022

La novela de Culiacán continua

 El pseudo secuestro que viví antier (leerlo aquí) no fue el final de la novela de mi regreso a Culiacán, mal hice en pensarlo cuando me fui a dormir el viernes.

Mi conferencia en el Congreso de Turismo de Salud fue la primera del día, iniciaba a las 9. Ahí me tienen a las 8 en el lobby del hotel Lucerna ya desayunado. Vi gente del evento con sus gafetes y les pregunté a qué hora salía el camión, bus o "güa güa" (así le dicen en Cuba, a donde fui a hacer lo mismo hace dos semanas, y por "lo mismo", me refiero a dar una conferencia, no a ser pseudo secuestrado)

El caso es que eran las 9:10 y yo estaba muy sentado en el bus... y cuando finalmente llegamos y empezó mi tiempo de hablar, todo mundo estaba aún platicando y sentándose, por lo que inicié con: "ayer que llegué a Culiacán,  me secuestraron", y me quedé callado, con lo que capté su atención.

Al salir del evento me invitaron a uno de los restaurantes donde el menú es tan amplio y antojable como delicioso, lo que pidas es especial y saber exquisito. No es comercial, pero si van a Culiacán les recomiendo comer en el Cayena. Mis ojos y antojo fueron malos consejeros, pero no me arrepiento del atracón.

De ahí salí al aeropuerto, para tomar el vuelo de las 5:10 a Monterrey, pero estaba sobre vendido, renunció una persona de los del mostrador y otra no fue, así que una pobre y eficiente mujer estaba intentando atendernos a todos los que no pudimos hacer el check-in antes (alguien lo iba a hacer por mí) 









Entonces, y para mantener las cosas interesantes, para cuando llegó mi turno de llegar con ella, ya faltaban menos de 45 minutos para el vuelo, por lo que lo cerraron, y atrás de mí había un gentío. A la pobre le llovió todo tipo de comentarios, reclamos, majaderías y amenazas, por lo que dada su excelente actitud, me solidaricé y me quedé ahí como apoyo, mientras reflexionaba en qué fregados iba a hacer, pues no había otro vuelo y ese se perdió, nada de reagendar o catafixiar.

Pedí un Uber y tuve que salirme del aeropuerto para tomarlo, porque acá las multas están en $90mil, y sí están muy duros los de la Guardia Nacional. 

Imagino, si ya leyeron la entrada previa de mi blog, que ya sabrán lo primero que hice al abrir la puerta del Uber; preguntarle al chófer a quién venía a recoger. Una vez que escuché mi nombre, apellido y apodo, me introduje en el asiento del pasajero (por lo de la GN) y nos fuimos. Tuve una buena plática con Gustavo, quien se quejaba amargamente del cambio de horario, el cual, como le dije, no nos lo quita nadie, tocaba ya por venirse el invierno como cada año acostumbra hacer. Finalmente, accedió a que este cambio de horario era inevitable, pero no sin dejar claro que él prefiere el horario de verano porque "así es mejor". Imposible discutir con su lógica.

Pero antes de bajarme del auto, le aseguré que usaría todas mis influencias para intentar que el sol dejase de andar moviéndose a su antojo y que las estaciones pudiesen ser menos caprichosas.

Llegué al hotel, esperando lo mejor, pero temiendo alguna noticia "interesante", pero resultó que otro speaker se fue antes de lo planeado y había una habitación libre para mí, a lo cual accedí felizmente. Me encanta mi nombre, pero no tengo problema en ser Alexis por una noche dadas las circunstancias.

El único problema fue que, en mi afán por viajar ligero, pequé de optimista y no llevaba ropa extra, ya era de noche y temí tener que repetir el mismo set de ropa al otro día, pero suertudo de mí, la noche era efecto del mentado cambio de horario que tanto odia Gustavo de Uber, aún era temprano. 

Al lado del hotel hay un Mall grande, y bendito Carlos Slim que puso mucha ropa buena en superoferta en Sears, por lo que no están ustedes para saberlo, pero con $900 salí con 2 camisas, 2 jeans, calzones y calcetines nuevos y limpios.

Ya bien ajuareado, solo me faltaba un desodorante, porque el que llevé estratégicamente para viajar ligero, y muy en línea con la filosofía 'Lean', se acabó con la untada de esa mañana y tiré el envase para no irlo cargando.

Pero de nuevo Slim salió a mi rescate. En Sanborn's encontré un desodorante ideal, sin alcohol ni aluminio, además de pequeño y a buen precio. Claro que no pude evitar llevarme unos Pon Pons, los tipo-chiclosos de chocolate que siempre compraba en el cine. Si ya lo quería por apoyar a Checo Pérez desde chavo (yo corrí  en 1991 con su papá, Toño "el loco" Garibay), este fin de semana Carlos Slim subió a otro nivel. Casi me hace olvidar lo mucho que odiaba ser cliente cautivo de Telmex por falta de competidores, y luego de Infinitum por lo mismo.

Dormí como Pitón, con la panza notoriamente llena y aún saboreando la rica comida con todo y postres, de hecho en la mañana apenas me cupo algo de fruta y jugo. 

Con el cambió de horario me levanté más 'temprano' de lo normal, y cuando chequé Whatsapp, vi que, durante la madrugada, me habían comprado un vuelo para dentro de 2 horas, así que hice lo mejor por apersonarme en el aeropuerto para tomar el vuelo, y llegué felizmente a... la Ciudad de México.

Antes de abordar, me aseguré de avisarle a quien me hizo la reservación, que si no fuera mucha molestia, le agradecería regresarme a mi casa y enviarme los datos del siguiente vuelo, cuidando mucho la forma de escribirlo porque, claramente, quien lo hizo se equivocó, y no solo compró un vuelo caro, sino a otra ciudad.

Por lo que al escribir esto estaba yo cómodamente sentado en el aeropuerto de CdMx, aprovechando que tenías un buen de horas para esperar el vuelo a Monterrey. Finalmente vine llegando unas dos horas antes de lo que hubiera llegado viajando por la tarde directo de Culiacán.

Moraleja: Siempre que puedas, no dejes que alguien más saque tus pases de abordar (o vuelos)


viernes, 4 de noviembre de 2022

Pseudo secuestrado en Culiacán



Llegué hace a Culiacán y no había nadie esperándome en el Aeropuerto como se suponía. Marqué a Mercedes, la persona encargada de traerme a dar una conferencia de Turismo de Salud al Congreso de Turismo Médico, y me dice: “no sé qué pasó, no me contesta el chofer, pero ahorita voy yo”.

Pero mientras hablaba con ella, se me acerca una chica hablando por teléfono y me pregunta si soy Daniel. 

Le dijo a la persona con quien hablaba “aquí está” y colgó. Yo seguía al teléfono, y sin cortar le pregunto a la chica: ¿Cómo te llamas?. 

Me dice que Elvia, lo cual repito al teléfono a Mercedes, y me dice “pues que bueno, acá lo veo”. 

En eso entra una llamada, la tomo y me subo al auto, el cual, pronto me di cuenta, era conducido por una verdadera cafre que parecía no tener conocimiento de la necesidad de usar el clutch y las diferentes velocidades claramente disponibles al alcance de su mano. 

Finalmente terminé la llamada, me disculpo, y digo a las dos chicas: "gracias por recogerme, Mercedes estaba preocupada y ya venía ella por mí." 

Una de ellas me pregunta: ¿y viene a hacer varias instalaciones? 

Yo 🤔 …

Se hizo un silencio por varios segundos, interrumpido por que una de ellas me pregunta: ¿Mercedes? 

Sí, le contesto, Mercedes, la organizadora del Congreso. 

¿Congreso? Pregunta la cafre, y en eso ambas se voltean a ver con cara de intriga, y entonces les digo: soy Daniel Ordaz, ¡¿a cuál Daniel iban a recoger?!

Hubo una carcajada grupal que duró varios segundos, la cual fue bruscamente interrumpida porque la cafre al volante se dio la vuelta en U a plena hora pico de la tarde, cual bandida en fuga. 

Justo entonces sentí tremenda empatía con algunos de los pasajeros que han viajado conmigo a través de los años, pero al menos esas personas han tenido el consuelo de que fui piloto profesional por 10 años, no como me pasaba en pleno tráfico de Culiacán con una conductora que ponía a prueba la resistencia de los componentes de la transmisión del Chevy Spark.

Mi duda en ese momento fue, ¿qué iba a hacer la cafre, si era objeto de un secuestro pobremente orquestado, o la inocente víctima de una serie de eventos desafortunados?

Justo entonces vi una planta embotelladora de Arca Continental, y les dije: ahí déjenme, yo los conozco. Como si alguien del corporativo de Monterrey fuese a estar en Culiacán en ese momento.

Llamé a Mercedes y le dije seriamente: "Me secuestraron", a lo que ella respondió con un grito no dirigido al micrófono del teléfono, el cual seguramente iba dirigido para alguien de su equipo, el que no pasó por mí: "¡secuestraron al doctor!". 

No sé cuántas veces le he explicado que ‘DOC’ son mis iniciales, no mi profesión, pero ya mejor la dejo que me diga como quiera, a veces es licenciado, otras doctor, y ambas me chocan.

Así que me bajé del auto tan pronto se detuvo, y me fui a sentar a la banca en la Parada de camión afuera de Arca. Me puse a escribir esto mientras esperaba a Mercedes, lo cual fue como 40 minutos, así que pude disfrutar del tráfico culiche vespertino.

Mientras escribía estas líneas, las pseudo secuestradoras pasaron por el otro lado de la avenida, pitando y saludando efusivamente, seguramente ya con el Daniel correcto abordo, ese que era instalador de quién sabe qué fregados.

Hubiera sido genial haber tenido la habilidad de grabarlas saludándome al pasar con tan singular alegría, o de haber grabado la escena dentro del auto, pero nomás no se dio.

Moraleja: hay que hacerle como James, James Bond. No basta el nombre para subirse con extraños. 


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