Creo que como yo, muchos otros niños han soñado con algo así, sea piloto, futbolista o astronauta.
De adolescente y ya en la casa donde viví hasta que me casé, teníamos ya una segunda tele, así que podía ver las carreras sin despertar a nadie los domingos a las 6 am.
Mis libretas de la primaria estaban repletas de dibujos de autos de carreras, que en ese entonces eran muy simples. En secundaria y prepa, los dibujos se hicieron más sofisticados. Podía hacerlos si veía una imagen impresa, no como hacía mi tío Guillermo Cortés Melo, el gran arquitecto urbanista, que de su mente pudo desde niño, dibujar cosas, paisajes, personas y animales con extraordinario detalle.
Pero mi papá no me dejaba subirme a darle a nada con llantas y motor, así que entre la F1 y las caricaturas de Meteoro, mis sueños eran de correr go-karts y llegar algún día a correr autos. Pero ante la amenaza de no poder volver a mi casa, si me subía a un go-kart o moto, no me quedaba más que lanzarme de la cima de la colonia Obispado, ubicada en un cerro de Monterrey.
La emoción era brutal, bajaba del cerro volando, el problema era que mi bólido carecía de un elemento crucial para no ser víctima de la implacable ley de la inercia: frenos. La única forma de frenarlo era haciendo fuerza con las piernas y detener los pedales con los pies, cuyo golpeteo a alta velocidad era implacable.
Claro que me di contra autos y casas al intentar dar la vuelta en las calles de bajada, y también me hice peeling facial varias veces al volcarme intentando frenar derrapando antes de llegar a la avenida José Benítez.
Se me había olvidado mi sueño.
Pasaron los años y no fue sino hasta que me casé, que pude hacer realidad mi sueño de correr, gracias a Luisa, mi esposa. Me dijo que oyó en la radio que la Fórmula 3 venía a Monterrey y que los organizadores iban a traer unas VW Golf preparadas por Reynard (fabricante de chasises de carreras) para que pilotos novatos o con ganas de llegar a la F3 se probaran.
De no haber sido porque ella me empujó a hacerlo en 1991, a un año de casarnos, seguramente me hubiera quedado como tantos otros que soñaron con correr profesionalmente.
Así que finalmente cumpliría mi sueño, mi primera carrera, todo lo que soñé desde niño se haría realidad, lo haría muy bien y sería piloto profesional. Mi primogénito estaba por nacer y había muy mala cobertura celular en el Autódromo Monterrey, así que tenía que correr entre prácticas a la torre donde dejé mi teléfono por si me llamaban.
Finalmente.
Se dio arrancada, todos salimos disparados de la meta y al irnos aproximando a la primera curva, frené cuando me pareció que era prudente. Solo que el resto de los autos siguieron como si nada y me fui casi al último lugar ahí mismo. ¿Por qué no frenan?, me pregunté.

Al verlos tomar la primera curva, frenar en el último momento, y ver que la llanta trasera izquierda se levantaba del piso, pensé en las clases de física a las que no puse atención, y como seguramente me hubieran sido muy útiles en ese momento.
A la siguiente vuelta intenté hacer lo que los demás hicieron y casi me vuelco, “¿cómo le hacen ellos?”. Terminé penosamente en penúltimo, solo le gané a José Juan Martínez Chávez, quien no era piloto, sino conductor de ‘A toda Máquina’, un programa de carreras los domingos por la noche en Televisa, junto a quien poco después, sin conocerme, se ofreció a ser mi coach, el gran campeón Oscar Manautou.
¿Volver a intentar luego del fracaso?

Tremendamente decepcionado, decidí que tenía que aprender lo que no sabía para poder correr autos, así que tomé un curso en Skip Barber Racing School en West Palm Beach, Florida.
Volví determinado a intentarlo de nuevo, no podía ser tan malo luego de desearlo desde niño, así que con Dany de 3 meses de nacido, nos fuimos Luisa y yo a la Ciudad de México.
Volverían a correr las Golf Reynard, previo a la F3 y al campeonato mundial de Prototipos (los de las 24 horas de Le Mans), donde corría un joven sensación llamado Michael Schumacher en las 'flechas plateadas' de Mercedes, el excampeón de F1 Keke Rosberg en Peugeot y muchos otros.
El buen José Abed, responsable de la F1 y la FIA en México, me dejó volver a intentarlo a pesar de no tener nada que ofrecer y ante una gran demanda de pilotos que querían ser parte de este evento. Bebé en brazos y esposa a un lado fueron mis mejores herramientas para suavizar su gran corazón.
Lo perdimos hace poco, QEPD Pepe Abed.
Pues contra todo pronóstico, el desconocido regio ganó. Era apenas mi segunda carrera, y con eso, luego de ser entrevistado en Televisa, recibí varios ofrecimientos para correr.
Y así fue que inició mi carrera como piloto profesional, corriendo para equipos llevando yo algo de patrocinio y manejando sus autos en Súper Fórmula, F3, Prototipos y hasta probando un Indy en Phoenix.
¿Y ahora qué sigue?
Muchas opciones, todas cuestan, no es que por haber ganado ahora te paguen, así no funciona el automovilismo y menos cuando no eres tan joven. Empecé a correr a los 27, edad en que los pilotos llevan ya más de 15 años corriendo, ya que casi todos comienzan de niños en los karts.

Mi tercer carrera, una callejera en San Pedro Garza García, NL, previo a la American Indy Car Series.
Fórmula 3 en CdMx.
Empezando con mi patrocinador Radio Beep, empresa de radio localizadores, la cual ya no existe, se convirtió en Marcatel.
F3 en Saltillo.
El auto era de Tony Garza Zambrano, quien ya no corría y con la ayuda de Paco Garza, anduvimos peleando con equipos de media tabla, no con los de grandes presupuestos.
Mi accidente más fuerte.
Autódromo de Puebla, 1993, en un F3 al que me subí de último momento porque no iba a correr esa por falta de patrocinio. El asiento no era mío y el piloto regular de ese auto era muy bajito. Tres giros en el aire y vuelta de campana al final. Solo la punta de un dedo astillado y la Quinta cervical fisurada.
Prueba de la American Indy Car Series, en el autdrómo de Firebird en Pohenix, Arizona.
En hermosos los Prototipos.
Hechos por Freddy Tame, aquí con mi coequipero Sebastián Ocaranza, como pilotos de Tame, en el desaparecido Autódromo de Saltillo.
Copa Mustang en Monterrey.
Y esas no son edecanes, son algunas de mis guapas hermanas. Equipo de Enrique Contreras.
Esta etapa se llama: ser piloto oficial.
Luego de estar+ teniendo que buscar patrocinios, pasé los últimos años de mi carrera como piloto oficial de Mopar en el 'Reto Dodge', lo que hoy equivale a NASCAR México.
Aquí con Dany, Iván y Anilú en Querétaro. Caty estaba recién nacida.
Las tarjetas que firmábamos antes de cada carrera a los aficionados.
Con mi coequipero Juan Ignacio Echeverría en Veracruz. Otros coequiperos fueron Jorge Prado, Luis Felipe Montaño y Mara Reyes.
Fin del sueño.
Y luego de diez años de estar corriendo, me di cuenta de que yo no estaba logrando tener un buen balance en mi vida, que esta realización de mi sueño estaba interponiéndose con el otro sueño, el de tener una familia. Me di cuenta de que el culto a mi ego me impedía darles el tiempo necesario. Viajaba por carreras y no siempre poder llevarlos, además de viajar seguido por trabajo y también para realizar las pruebas de manejo para el Grupo Reforma en la Sección Automotriz.
Y siendo muy honesto, me vi desde fuera y pensé: qué tipo tan... creído, muy ensimismado. Así que, yendo de líder del campeonato y corriendo en las dos categorías, decidí que ese iba a ser mi último año. Lo que inició el año en que nació Dany, terminó en el que nació Caty, 10 años de vivir mi sueño de la infancia, siempre apoyado por mi familia, incluso por mis papás, que no se perdían una carrera en Monterrey o Saltillo, y eran de hecho los más mitoteros en los pits. Quién lo hubiera imaginado.
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